Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —Seguiremos cabalgando hasta tarde —dijo Venters—. Luego, dormirás un poco mientras yo vigilo y los caballos comen. Mañana temprano estaremos en Sterling. Allà nos casaremos… Tendremos tiempo de coger la diligencia, tras la cual ataremos a Estrella Negra y nos dirigiremos hacia lugares menos selváticos y terribles que éstos.
—¡Oh. Bern…! ¡FÃjate! Es la última vez que vemos la pradera de la artemisa roja, la última vez hasta que nos atrevamos a volver a esta apartada frontera de Utah. ¡Diez años!
¡FÃjate, Bern, contémplala, para que nunca la olvides!
Venters contemplaba con encontradas sensaciones los variantes colores de la roja pradera a los reflejos de los últimos rayos de sol, cuando de pronto salió de su ensimismamiento al oÃr un lejano y suave rumor, semejante al que produce una caracola de mar aplicada al oÃdo.
—Bess…, ¿oyes? —murmuró.
—No…
—¡Escucha…, acaso es mi imaginación…! ¡Ah!
Del Este o del Norte, desde remota distancia, llegaba un sonido largo, continuado, sordo…, profundo, extraño, un estruendo que fue extinguiéndose poco a poco.