Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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—Ahora comprenderéis que era preciso salvarla —explicó Lassiter al inclinarse para besar la pálida carita—. Sin embargo, espero que no se me vuelva a presentar semejante alternativa en la vida. No sé si volvería a decidirme por el ataque. Había entre aquellos hombres uno lisiado, Juana; acaso se lo deba a Venters. Este lisiado fue el motivo del retraso de su marcha y de que coincidiesen con nuestra huída. Lo primero que vi fue a la pequeña Fay, y me costó trabajo trazar un plan para rescatarla. Además, deseaba dos caballos. Era necesario aventurarse mucho. Me acerqué, pues, arrastrándome, a su campamento. Uno de los hombres, al verse descubierto, montó con Fay a caballo y, cuando le maté de un tiro, Fay, naturalmente, cayó, dio de cabeza en el suelo y perdió el sentido. Pero ¡ved!, ya vuelve en sí. Creo que la caída no tendrá consecuencias graves.

Temblaron las largas pestañas de Fay, abriéronse sus ojos; al principio parecía no darse cuenta de nada; luego, brilló en su mirada el destello de la inteligencia y, de pronto, brotó de sus labios un grito de alegría.

—¡Mamá Juana!

—¡Oh Fay, mi querida Fay! —exclamó Juana alzando a la niña y estrechándola contra su pecho.

—¡Ahora sí que hemos de correr! —dijo Lassiter—. Juana…, ¡mirad allá abajo!


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