Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Juana montó el segundo caballo, esforzándose por sostener la rienda. Embargábale un miedo horrible, como reacción de su anterior insensibilidad. Lassiter llevó los animales a la carrera por encima de piedras y arbustos, cruzando raudo un gran espacio del desfiladero y entrando luego en un estrecho cañón en el que las pisadas de los caballos resonaron agudamente. El viento bramaba en los oídos de Juana; los riscos sobre su cabeza, el camino, la artemisa y la hierba debajo, parecían deslizarse sin que ella se moviera. De vez en cuando veía volverse el manchado rostro de Lassiter y oía los gritos que él le dirigía para infundirle valor. Jamás había cabalgado la joven a tanta velocidad y, aunque buena amazona, no lograba seguir el movimiento del caballo. Fracasó en todo menos en mantenerse firme en la silla. Sus pensamientos concentrábanse en Fay y en Lassiter. ¡Qué ellos se salvasen! No deseaba más. Hubiera vuelto al pueblo, hubiérase entregado a Tull para que ellos pudiesen huir; pero sabía que Lassiter volvería por ella, que no la dejaría nunca.
Juana no supo si aquella loca carrera duró un momento o una hora. El caballo de Lassiter cubría a Juana y a su montura de espuma blanca. Ambos animales dieron de sí cuanto podían, hasta caer casi reventados. Frenó Lassiter el paso, y las pobres bestias avanzaron con dificultad.
—¡Oh, Lassiter, corramos, corramos!