Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja El jinete se volvió, pero nada dijo. La venda de la frente habÃasele caÃdo y la sangre le corrÃa por el rostro. Inclinábase bajo el dolor de las heridas, del cansancio de la carrera, del peso que llevaba; pero… ¡cuán terriblemente frÃo y sereno era su aspecto!
Los caballos continuaron la marcha, ora al paso, ora al trote, ya al galope, ya otra vez al paso. Transcurrieron volando las horas. El tiempo parecÃa un instante… o una eternidad. Juana sintió que las almas infernales la perseguÃan y no se atrevió a mirar atrás.
—Lassiter, ¿llegan ya?
El intrépido jinete volviáse, pero nada dijo. Espoleó el caballo para darle nuevos brÃos y siguieron como antes; conducidos por una voluntad infatigable. Las sombras por entre las estrechas paredes envolvieron a los fugitivos; parecÃa llegada la noche. El cañón formó un recodo y de nuevo volvió la luz; ante ellos hallábase la enorme hondonada, el valle encerrado entre altos muros y agrestes riscos.
—¡Valor, Juana! —gritó Lassiter—. Si no flaqueamos ahora, estamos salvados.
—¡Lassiter, continuad… solo! ¡Salvad a la pequeña Fay!
—¡Solo, nunca! ¡Con vos!
—Soy cobarde; no puedo ni luchar, ni pensar, ni esperar, ni implorar a Dios. Me siento perdida. Lassiter, mirad atrás. ¿Llegan ya? No podré seguir…