Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —Ahorraos el aliento, mujer, y continuad, no por vos misma, ni por mí, sino por Fay. Un último galope a través de la pradera acabó con el caballo de Lassiter.
—Está reventado —dijo el jinete.
—¡Todo acabó! —gimió Juana.
—No, Juana. Volved los ojos. Hemos atravesado las tres o cuatro millas del valle y aún no se ve a Tull. Unas pocas más y nos habremos salvado.
Juana contempló el camino recorrido y vio en la pared rocosa la estrecha grieta que formaba la desembocadura del cañón, del que salían en aquel instante sus perseguidores con Tull al frente, en su blanco caballo. La vista de sus enemigos obró como estimulante sobre la joven. Y mirando a los perros, al caballo de Lassiter, que avanzaba coreando; a la sangré del rostro de su amigo, a las rocas, que cada vez estaban más cerca, y por fin al cabello de oro de Fay, renacieron sus fuerzas, desapareció el miedo que había sentido y tuvo confianza en la salvación que Lassiter le prometiera. De pronto, la montura de Lassiter tropezó y cayó.
El jinete saltó ágilmente con la niña en brazos.
—Juana, coged a Fay —dijo, entregándosela. La joven la estrechó contra su pecho—. Están ganando terreno —continuó Lassiter—, pero aún llegaremos antes.