Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Cuando ya tenÃa en la mano la brida del caballo de la joven, reparó en las alforjas de la montura reventada.
—Aún tengo tiempo —murmuró, y con mano segura, después de desatarlas, se las puso sobre los hombros.
Luego echó a correr, llevando el caballo de Juana pendiente arriba, hacia los cedros deformes, y cuando tras rudo y prolongado esfuerzo los alcanzaron, detuviéronse a su abrigo.
La pequeña Fay descansaba en sus brazos con los ojos muy abiertos, en los cuales se leÃa aún el dolor, pero ya no miraban fijamente. Los dorados rizos rozaban los labios de Juana, las manitas asÃan débilmente su brazo; una sombra de sonrisa floreció en los dulces labios de la niña, y Juana sintió despertarse en ella la fiereza de una leona.
—¡Juana, dadme la pequeña y apeaos! —dijo Lassiter en aquel momento.
Y como si fuesen para él una molestia las vacÃas pistolas negras, se las quitó con decisión. Luego cogió a la niña y estuvo asà un momento mirando hacia abajo. Tull empezaba a subir la pendiente seguido de sus hombres.
—¿Qué dirá Tull cuando vea esos revólveres vacÃos? ¡Juana, coged vuestras alforjas y seguidme!