Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja La joven subió tras Lassiter. Éste avanzaba lentamente. Tal vez sólo lo hacÃa para economizar las fuerzas, mas Juana vio gotas de sangre en el camino y se dio cuenta de la verdad. SubÃan sin mirar atrás. DolÃale a la joven el pecho, parecÃa que mil alfileres se le clavasen en los costados. Oyó el jadeante respirar de Lassiter y el jadear acelerado de los canes.
—¡Esperadme aquÃ! —dijo el jinete, de pronto.
Ante ella alzábase una pared de piedra mellada por diminutos peldaños; más arriba habÃa un recodo del amarillo muro, y en lo alto, un enorme risco.
Los perros subieron raudos y desaparecieron tras el recodo. Lassiter subió los escalones con Fay en brazos y se tambaleaba como un ebrio. Desapareció del mismo modo que los canes, pero volvió rápidamente y bajó la pina cuesta deslizándose.
Desde abajo oyéronse los gritos de rabia de los perseguidores. Tull y algunos de sus hombres acababan de llegar al sitio dónde Lassiter dejó sus armas.
—Ese descanso os vendrá bien —dijo Lassiter enigmáticamente al contemplarlos.
—¡Ahora, Juana…, el último esfuerzo! Subid por estos peldaños, yo os seguiré para sosteneros. No penséis en nada. Subid y nada más. Fay está arriba, tiene los ojos abiertos. Acaba de preguntarme: «¿Dónde está mamá Juana?».