Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Sin temor, sin tropezar una sola vez, sin que fuera necesario el apoyo de Lassiter, subió la joven aquella escalera de roca.
Al doblar el recodo vio a Fay en un rincón con los ojos muy abiertos. Los perros esperaban también allí. Lassiter cogió a la niña y se metió en la lóbrega hendidura, que, después de algunas revueltas en zigzag, ensanchábase y se abría sobre una suave cuesta entre dos paredes ruinosas, llenas de salientes y rampantes. Un rojo halo del sol poniente llenaba el pasaje. Lassiter ascendió con lentos y mesurados pasos; la sangre que vertían sus heridas manchaba las blancas piedras. Juana trataba de no pisar su sangre, pero veíase obligada a ello, porque no podía poner el pie en otro sitio. Las alforjas le empezaban a pesar, a querer tirarla hacia abajo; jadeante, continuó la ascensión; parecíale que el corazón le iba a estallar. Más lentamente aún subía el jinete, con respiración sibilante. La cuesta ensanchábase. Surgían amenazadores los monumentos de piedra por ambos lados del camino, muy altos en los muros, a punto de caer sobre ella. Y siguió subiendo, reuniendo todas sus fuerzas, para dejarse caer al fin junto a Lassiter y Fay, en la cima de la cuesta, en una estrecha divisoria.