Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja El enorme peñasco se movió, chirrió, crujió y, con lento impulso, empezó a inclinarse. Había esperado siglos para derrumbarse y cedía lentamente. Luego, como si un súbito instinto de vida lo animara, saltó para caer sobre el borde de la cuesta, elevóse un poco y, ganando velocidad, se derrumbó al fin cayendo sobre el primer saliente, convirtiéndolo en polvo. Un remolino de viento, un golpe seco, tajante… El polvo se elevó por encima de los altos bordes de los riscos y envolvió a Tull, que se dejó caer de rodillas, los brazos en alto como implorando piedad. Majestuosamente se derrumbaron las paredes, y un formidable estruendo llenó los ámbitos.
La salida al Desfiladero de la Decepción quedó cerrada para siempre.
FIN