Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Sin pronunciar una palabra más echó a andar Lassiter, llevando su caballo de la brida; Venters le siguió con sus perros. Bajaron por la suave pendiente y al cabo de media milla encontraron un bosque de frondosos sauces. Penetraron en él y llegaron a un calvero alfombrado de denso y suave césped, dónde el ruido del agua al caer y el cantar de los pájaros llenaron sus oídos. Venters llevó a su compañero a una sombreada glorieta y le enseñó la Fuente Ambarina. Era un magnífico manantial de agua límpida, de color de ámbar, que salía de un agujero abierto en la roca. Lassiter se arrodilló y bebió una y otra vez. No hizo ningún comentario, ni Venters lo necesitó para comprender lo que pensaba el extraño jinete. Después de su caballo, lo que más aprecia el jinete de la pradera es un manantial de agua. Y aquella fuente era la más bella y más notable que se conocía en la parte sur de Utah, la que convirtió al viejo Withersteen en señor y amo y ahora permitía a su hija devolver el tributo que su padre había exigido a los pobladores de aquel desierto.
El agua del manantial precipitábase por la suave pendiente y formaba un alegre curso bordeado de sauces. Las verdes riberas estaban cuajadas de flores y de arbustos, pues salvo el pétreo canal que conducía el agua, el bosque de sauces no había sido modificado por la mano del hombre.