Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja A su alrededor no había sino una inmensa extensión de rocas, semejante a un agitado mar, rocas que azotaba el viento y lavaba la lluvia. Ninguna señal de vegetación interrumpía la aridez de las piedras amarillas. A la derecha, la desigualdad del terreno terminaba en una abrupta muralla; a la izquierda, desde la hondonada que tenía a sus pies, había una ladera de gradual ascensión y gran altura, coronada por rocas de imponente aspecto. El joven tardó algún tiempo en percatarse de la maravilla de aquella ladera. Era ésta nada menos que el resultado del desmoronamiento de una parte enorme de la montaña, y el suelo estaba reluciente como granito pulido. De vez en cuando había entre las desnudas rocas un cedro que parecía crecer allí por arte de magia. El viento había barrido el esquisto, y la lluvia llevóse la tierra y el polvo. A una altura enorme, las bellas líneas de la ladera quedaban interrumpidas por un muro vertical, desde el que se produjo un desmoronamiento. Coronaba el muro una escarpada cima de extrañas formas, de amarillenta piedra.
Venters tenía ahora ante sí un escenario menos notable pero más significativo, pues a cosa de una milla más allá del peñascal empezaba otra pradera de artemisa, tras la que se veían las entradas de varios cañones, una de las cuales debía de ser otra puerta del Desfiladero.