Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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El cañón abríase allí en forma de abanico sobre una enorme hondonada llena de verdor. Semejaba el eje de una gran rueda desde el que, a modo de radios, partían nuevos cañones. El color de las rocosas paredes era en todas partes de un rojo subido, y las elevadas cimas tenían fantásticas formas.

Venters avanzó con más cuidado que antes. En el centro de la hondonada, la artemisa crecía menos abundante y espesa. Estaba el joven a punto de dirigirse hacia la derecha, dónde la mayor densidad de los arbustos y algunas rocas diseminadas ofrecíanle más facilidades para ocultarse, cuando descubrió un ancho camino de ganado en el que había recientes huellas del paso de animales. Lo que más le sorprendió fue que las huellas tuvieran señales de humedad. Venters se quedó perplejo y caviloso. No había llovido; por lo tanto, la solución del misterio sólo podía consistir en que el ganado pasado por allí hacía poco atravesó antes agua a la profundidad suficiente para que las reses dejasen tanta humedad.

De Pronto Ring emitió un gruñido. El joven levantó la cabeza y miró con cautela por encima de los arbustos. Un grupo de jinetes cruzaba la hondonada. Rápidamente se dejó caer aturdido y temblando.

—¡Los bandidos! —murmuró, y buscó con los ojos un lugar dónde esconderse.


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