Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Cerca de él no había sino la artemisa, que ofrecía escaso abrigo. No se atrevió a cruzar los claros para alcanzar las rocas. Un poco más sereno, volvió a mirar por encima de las plantas. Los bandidos, ocho en total, aproximábanse, pero no en su dirección. Esta certidumbre le alivió del terror mortal que se había apoderado de él. Reteniendo el aliento, se agachó cuanto pudo e hizo seña al perro para que permaneciera quieto y silencioso.
Claramente percibió el ruido metálico de los cascos herrados y la ronca voz de los hombres. Poco a poco iba apagándose el rumor de las voces y de las pisadas. Pasados algunos minutos, Venters se atrevió a levantarse. Los bandidos entraban en uno de los cañones. Sus caballos mostrábanse fatigados. Tras los jinetes iban varias monturas de carga. Era evidente que aquellos bandidos eran los que habían robado el hatajo rojo. El joven no cesó de mirar hasta que el grupo desapareció por el desfiladero.