Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja El muchacho dio señales de volver en sí. Se movió, abrió los labios, llevó una mano breve al cuello de su camisa. Venters se arrodilló, cada vez más horrorizado de su acción. La bala había penetrado en la parte derecha del pecho del jinete, muy cerca del hombro. Con temblorosas manos desató Venters un pañuelo negro y rompió la camisa de franela manchada de sangre.
Primero vio un horrible agujero, rojo oscuro, que se destacaba sobre la blancura de la piel, del que brotaba un hilo de sangre. Luego, ¡reparó en la graciosa y bella turgencia del seno de una mujer!
—¡Dios mío! —exclamó—. ¡Una muchacha!… ¡He matado a una muchacha!
Ésta abrió los ojos y su mirada traspasó a Venters. El color de los ojos era de un azul profundo. Había en ellos indicios de la próxima muerte, terror y dolor; pero nada denotaba que viesen. No veían a Venters. ¡Aquellos ojos penetraban lo desconocido!
Poco a poco, la muchacha ganó fuerzas y se llevó la mano al hombro. La sangre le corría por entre los dedos. Y entonces miró a Venters con ojos que vieron, por fin.