Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja El joven maldijo su punterÃa, de la que antes se mostrara tan orgulloso. HabÃa visto la misma mirada en los ojos de una antÃlope herida a la que iba a rematar. Pero en los ojos de la muchacha la mirada era más triste; revelaba en ella su alma, la desesperación, el miedo a la cercana muerte y la terrible acusación contra el enemigo.
—¡Perdonadme! ¡Yo no sabÃa nada! —exclamó Venters.
—Vos disparasteis… me habéis matado —murmuró, ella, jadeante. En sus labios apareció una espuma sanguinolenta, lo que dio a Venters la terrible certeza de que en los pulmones de la muchacha el aire mezclábase con la sangre—. Lo esperaba… algún dÃa… era fatal… ¡Cómo me quema! ¡Sostenedme… me caigo… no veo…! ¡Dios mÃo, ten piedad de mÃ!…
La muchacha sufrió una fuerte sacudida y quedó extenuada, quieta, blanca como la nieve, con los ojos cerrados.
Venters creyó entonces que habÃa llegado el último momento de su vÃctima, mas el débil vaivén de su pecho le indicó que aún vivÃa. Rápidamente arrancó unas hojas de artemisa y, colocándolas sobre la herida, vendó ésta con el pañuelo de la joven. Luego cerró la blusa para no ver aquel pecho lleno de sangre que le causaba remordimiento.