Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —Y ahora… ¿qué hago? —preguntó confuso—. Yo necesitarÃa salir de aquà antes de que venga alguien. Pero esta mujer se está muriendo…, no puedo abandonarla.
Escudriñó atentamente toda la extensión de la hondonada y, no viendo peligro alguno, recogió el sombrero y la máscara, metió su rifle por debajo del cuerpo de la joven, la levantó cuidadosamente y echó a andar con ella hacia el cañón de dónde él habÃa salido. El perro le siguió, y el caballo de la muchacha hizo lo mismo, sin necesidad de llamarle. Venters procuró ocultar sus huellas regresando por los sitios dónde la hierba y la artemisa crecÃan más densas. De vez en cuando miraba por encima del hombro, hacia atrás, y no descansó ni un instante. Interesábale no dejar la menor huella y no dar sacudida alguna al cuerpo inanimado de la muchacha. Por fin llegó a la mella que habÃa elegido como escondrijo, y le fue preciso hacer grandes esfuerzos para atravesar el bosquecillo de robles, cuyas ramas estorbábanle el paso.