RÃo perdido
RÃo perdido —Mi querido señor Strobel —respondió Ina, casi con impaciencia—, se lo digo con toda la franqueza que puedo. Me ha puesto la mano encima más de una vez. Pero soy fuerte y…, bien, logré escabullirme.
Al ver que las facciones atezadas de Strobel adquirÃan la dureza del acero y al oÃr sus reniegos en voz baja, la joven obtuvo aún mejor impresión del alguacil mayor que antes tuviera.
—Hace poco, Setter ha cambiado de actitud —continuó Ina—. Hay ahora en su modo de ser un dejo de dominio. Creo que piensa en el matrimonio. Antes, eso no entraba nunca en sus cálculos.
La callada aceptación de Strobel de todo cuanto oÃa no dejó ninguna duda en la mente de Ina acerca de que habÃa hecho muy bien confiar en él. Intuitivamente comprendió la joven la posición de Strobel mejor de lo que éste se daba cuenta.