RÃo perdido
RÃo perdido —Enviaremos a alguien para que informe al señor Ide, aconsejándole que venga aquà —observó Judd mirando a Setter.
—Buena idea —dijo éste—. Ide también está metido en esto.
Las cosas quedaron de momento en nada. Ina salió de la oficina, emocionada por el aparente cambio de actitud de su padre, y llena de dudas acerca de las contradicciones que hallaba en el proceder de Ben. Mas en el mismo instante de darse cuenta de sus dudas, rechazó con violencia lo que consideraba una deslealtad; ella no podÃa, no debÃa caer en la bajeza de dudar de su amado.
El dÃa se hizo muy largo, cada minuto parecÃale una hora, y la espera fue angustiosa. Era preciso que sucediese algo muy pronto. Preocupábanle además las relaciones tirantes respecto a la verdadera situación. Mas al fin terminó el infausto dÃa y la joven halló en el sueño el anhelado olvido. Hacia el amanecer despertóse, temblando de frÃo. Su hermanita Dall habÃase apropiado de una aparte mayor de las mantas de la que le correspondÃa. Volvió a dormirse, cuando, de pronto, la despertó Marvie, llamando a la puerta.
—¡Ina, despiértate, por el amor de Dios!
—Hola, Marvie. ¿Qué sucede? —contestó Ina incorporándose.
—Siento haberte despertado, Ina, pero era preciso. Aún no ha salido el sol y hace un frÃo tremendo.