Don Segundo Sombra
Don Segundo Sombra Y me cebaba en cada tirón, haciendo temblequear la jeta de mi vÃctima, tal como lo habÃa visto hacer a los otros.
-Stá güeno. Te podés desmontar. Agarrate del fiador del bozal y abrÃtele bien pa cair lejos.
Lleno de confianza me ejecuté.
-¡Mozo liviano! -exclamó Pedro Barrales.
Recién cuando quise desensillar, me di cuenta de que por haberme excedido en los tirones tenÃa desgarradas las manos, de las cuales la izquierda me sangraba abundantemente.
-Te'as lastimao -dijo Horacio, habiendo visto mi mirada. Dejálo no más a tu redomón que yo le vi a bajar los cueros.
No me hice rogar, porque sentÃa unos fuertes punzasos que me subÃan hasta el codo. Me envolvà la herida con un pañuelo que Pedro me ayudó a anudar.
-Están resecas las riendas -dije a manera de comentario.