Don Segundo Sombra
Don Segundo Sombra El cocinero no fue más locuaz que el día de mi llegada, y me pasé la mañana haciendo de pinche, los ojos constantemente atraídos por la silenciosa silueta del domador, que, vecino a la puerta, cosía unas riendas de cuero crudo.
Debía ser ya cerca de medio día, cuando oímos unas espuelas rascar los ladrillos de afuera. La voz de Valerio saludó a alguien, invitándolo a que pasara a tomar unos mates.
Curiosamente me asomé, viendo al mismo don Segundo Sombra.
-¿Pasiando? -preguntaba Valerio.
-No, señor. Me dijeron que aquí había unas yeguas pa domar y que usté estaba muy ocupao. [50]
-¿No gusta dentrar a la cocina?
-Güeno.
Los dos hombres se arrimaron al fogón. Don Segundo dio los buenos días sin parecer reconocerme; ambos tomaron asiento en los pequeños bancos y continuó la conversación con grandes pausas.