Las Minas del Rey salomón

Las Minas del Rey salomón

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—Camina.

—Bueno, mis señores —y sin proferir otra palabra marchó hacia la espalda de la Muerte. Aquí está la cámara, sírvanse mis señores de encender la lámpara y entrar, y colocando la calabaza llena de aceite en el suelo se recostó contra la pared de la cueva. Saqué un fósforo de los pocos que aún nos quedaban en una caja, encendí la ruda torcida, y entonces, busqué con la vista la entrada; pero ningún paso se abría ante nosotros, la pared aparecía completamente unida. Gagaula hizo una mueca.

—¡La entrada está ahí, mis señores!

—No chancees con nosotros —le dije desesperadamente.

—No me chanceo, mis señores. ¡ Mirad! —y nos indicó la roca.

Al hacerlo levantamos la lámpara y percibimos que una parte de la roca de la pared se separaba lentamente del suelo, desapareciendo por la parte superior en el macizo que gravitaba sobre ella, en donde indudablemente existía una cavidad para recibirla. Tenía la anchura de una buena puerta, diez pies de altura y cinco de espesor. Por lo menos pesaba de veinte a treinta toneladas, y su moción claro era que se verificaba por la aplicación de un simple principio de la balanza, probablemente el mismo que se emplea para abrir y cerrar algunas de nuestras ventanas modernas.


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