Las Minas del Rey salomón

Las Minas del Rey salomón

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—No miento, va a ellas. Me ha dicho que está resuelto a hacerse una fortuna, o, por lo menos, a tratar de ello; así es que bien puede probar su suerte con los diamantes.

—Bien, pues espera un momento, Jim, voy a darte una nota para tu amo, y prométeme no entregársela hasta que lleguéis a Inyati (que se encuentra a algunos centenares de millas del lugar en que estábamos).

—Sí, señor, así lo haré.

Entonces escribí en un pedazo de papel: «Quien quiera que venga… ascienda por la nieve del pecho izquierdo del Sheba, hasta llegar al pico, y a su lado Norte encontrará la gran carretera de Salomón».

—Ahora, Jim —le dije, entregándole el papel— cuando des esto a tu amo, adviértele que le conviene seguir el consejo que en él se le da. No quiero se lo entregues enseguida, porque no me agradaría volviera atrás para hacerme preguntas que no he de contestar. Y lárgate inmediatamente, ¡perezoso! que el carro casi ya va a perderse de vista.

Jim cogió la nota y se marchó, y esto es todo cuanto sé de su hermano, sir Enrique, pero temo mucho…

—Señor Quatermain —dijo sir Enrique— voy en busca de mi hermano y seguiré su rastro a las montañas de Sulimán y aun más allá de ellas si necesario es, hasta que le encuentre o sepa que ha muerto. ¿Quiere usted acompañarme?


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