Fenomenología del Espíritu
Fenomenología del Espíritu En este movimiento tautológico resulta, entonces, que el entendimiento permanece fijamente obstinado en la unidad tranquila de su objeto y que el movimiento cae sólo en él mismo, no en el objeto; este movimiento es un explicar que no sólo no explica ni aclara nada, sino que es tan claro[72] que, armando mucho aparato para decir algo distinto de lo ya dicho, más bien no dice nada, sino que vuelve a repetir lo mismo. En la cosa misma no emerge nada nuevo por este movimiento, sino que éste entra en consideración como movimiento del entendimiento. Pero en él reconocemos ahora precisamente aquello que se echaba en falta en la ley, a saber, el cambio absoluto mismo, pues este movimiento, si lo miramos más de cerca, es, inmediatamente, lo contrario de él mismo. Y es que pone una diferencia que no sólo no es ninguna diferencia para nosotros, sino que él mismo la cancela como diferencia. Es el mismo cambio que se presentaba como juego de las fuerzas; en éste, era la diferencia de lo que solicita y lo solicitado, de la fuerza que se manifestaba exteriormente y de la fuerza hecha retroceder dentro de sí misma; pero se trataba de diferencias que, en verdad, no lo eran, y que por eso, también, se volvían a cancelar inmediatamente a sí mismas. Lo que hay presente no es sólo la mera unidad, de manera que no hubiera puesta ninguna diferencia, sino que hay este MOVIMIENTO de que, ciertamente, se haga una diferencia, pero que ella, como no es tal diferencia, vuelva a quedar cancelada.—Con la explicación, entonces, el cambio y la alternancia, que previamente estaban fuera de lo interior, sólo en el fenómeno, han penetrado en lo suprasensible mismo; pero nuestra conciencia ha salido de lo interior en cuanto objeto para pasar al otro lado, al entendimiento, y es en él donde tiene el cambio.