La Odisea - versión resumida

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Luego apareció Aquiles. Intenté consolarlo, recordándole que había sido honrado como un dios en vida y ahora gobernaba entre los muertos. Su respuesta fue brutal y despojada de toda ilusión épica: "No intentes consolarme de la muerte, glorioso Odiseo. Preferiría ser el siervo de un campesino pobre y sin tierras en el mundo de los vivos, que ser el rey de todos los muertos". Solo se marchó con paso orgulloso tras escuchar mis relatos sobre el valor de su hijo, Neoptólemo.

Vi también a Áyax, manteniéndose distante, todavía consumido por el odio hacia mí por haber ganado las armas de Aquiles. Le supliqué que olvidara la ira, pero me dio la espalda y se perdió en las tinieblas sin decir una sola palabra.

Más al fondo, presencié los tormentos eternos: el rey Minos juzgando a las almas; Ticio con el hígado devorado por dos buitres; Tántalo, desesperado por beber un agua que huía de sus labios y alcanzar frutos que el viento le arrebataba; y Sísifo, empujando eternamente una roca que siempre rodaba cuesta abajo. Finalmente, vi el fantasma de Heracles, aterrador y armado, quien me comparó con sus propios sufrimientos en vida.



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