El hombre que rie

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III

Todos los instintos de Josiana la inclinaban más bien a entregarse galantemente que a entregarse legalmente. Entregar por galantería implica literatura, recuerda a Menalcas y a Amarilis, y es casi una acción docta. La soltera soberana y la mujer súbdita, tales son las antiguas costumbres inglesas. Josiana aplazaba todo lo posible la hora de esa sujeción. Que convenía llegar al casamiento con lord David, puesto que lo exigía la voluntad real, era sin duda una necesidad, pero ¡qué fastidio! Josiana admitía y despedía a lord David. Habría entre ellos un acuerdo tácito para no concluir y para no romper. Se aludían. Esta manera de amarse, con un paso adelante y dos pasos atrás, está expresado por las danzas de época, el minué y la gavota. Ser casados, no sienta bien, echa a perder las cintas que se llevan, envejece. Los esponsales, solución desoladora de claridad. La entrega de una mujer por un notario. ¡Qué vulgaridad! La brutalidad del matrimonio crea situaciones definitivas, suprime la voluntad, mata la elección, tiene una sintaxis como la gramática, reemplaza la inspiración por la ortografía, hace del amor un dictado, hecha abajo lo misterioso de la vida, impone la transparencia a las funciones periódicas y fatales, descompone por una inclinación de balanza hacia un sólo lado, el encantador equilibrio del sexo robusto y del sexo poderoso, de la fuerza de la belleza, y hace aquí un amo y allá una esclava, mientras que, fuera del matrimonio, hay un esclavo y una reina.


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