El hombre que rie
El hombre que rie A Barkilphedro nada le habría hecho soltar su presa. Esperaba su hora. ¿Llegaría? No importa, él la esperaba. Cuando se es muy malo, interviene el amor propio. Abrir agujeros y minas a una fortuna cortesana, más alta que nosotros, minarlo a su costa, por subterráneo y oculto, es interesante. Uno se apasiona con tal juego. Uno se enamora de eso, como de un poema épico que se escribiera. Ser muy pequeño y atacar a uno muy grande, es una acción brillante. Es cosa preciosa ver la pulga y el león. La altiva fiera se siente picada, y muestra su enorme cólera contra el átomo. Encontrarse con un tigre, le molestaría menos. Y ved ahí cambiados los papeles. El león humillado tiene en su carne el dardo del insecto, y la pulga puede decir: «Tengo dentro de mí sangre de león».
Sin embargo, para el orgullo de Barkilphedro esos no eran más que paliativos a medias. Una cosa es molestar; pero es preferible dar tormento. A Barkilphedro le acusaba incesantemente un pensamiento desagradable; verosímilmente su mayor triunfo habría consistido en encontrar vilmente la epidermis de Josiana. ¿Qué más podía esperar él tan ínfimo, con ella tan radiante? Pero es un rasguño, para quien quisiera toda la púrpura de la desolladura viva, y los rugidos de la mujer más que desnuda, no teniendo ya ni siquiera la piel. Con tales aspiraciones, ¡cuán enojoso es verse impotente! ¡Ay! nada es perfecto.