El hombre que rie

El hombre que rie

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Una tarde, al terminar uno de los días más glaciales de aquel mes de Enero de 1690, acaecía en una de las ensenadas inhospitalarias del golfo de Portland, algo inusitado que hacía gritar y dar vueltas en la entrada de aquella en senada, a las gaviotas y los mansos ánades que no osaban entrar en ella.

En aquella caleta, la más peligrosa de todas las ensenadas del golfo cuando reinan ciertos vientos, y por consiguiente la más solitaria, cómoda, por su mismo peligro, para los buques que se recatan, hallábase una pequeña embarcación atracada casi a la costa brava, gracias a la profundidad del agua, amarrada a una punta de roca. No está bien decir que la noche cae; debería decirse que sube; porque de donde viene la obscuridad es de la tierra; la negra noche aparecía ya en la, parte inferior de la costa; en lo alto de ella, era de día aun. Quien se hubiese aproximado a la embarcación amarrada, habría reconocido en ella una urca vizcaína.

El sol, oculto todo el día por las nieblas, acababa de ponerse. Empezábase a sentir esa angustia profunda y negra que se podría llamar la ansiedad del sol ausente.

Como el viento no venía del mar, el agua de la caleta estaba tranquila.


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