Los Miserables - Parte 2
Los Miserables - Parte 2 De pronto se dejó oír un nuevo ruido; un ruido celestial, divino, inefable, tan dulce como horrible era el otro. Era un himno que salía de las tinieblas; un rayo de oración y de armonía en el oscuro y terrible silencio de la noche. Eran voces de mujeres. Este cántico salía de un sombrío edificio que dominaba el jardín. En el momento en que se alejaba el ruido de los demonios, parecía que se aproximaba un coro de ángeles.
Cosette y Jean Valjean cayeron de rodillas.
No sabían lo que era, no sabían dónde estaban; pero ambos sabían, el hombre y la niña, el penitente y la inocente, que debían estar arrodillados. Mientras cantaban, Jean Valjean no pensaba en nada. No veía la noche, veía un cielo azul. Le parecía que sentía abrirse las alas que tenemos todos dentro de nosotros. El canto se apagó. Había durado tal vez mucho tiempo; Jean Valjean no hubiera podido decirlo. Las horas de éxtasis son siempre un minuto. Todo había vuelto al silencio; nada se oía en la calle, nada en el jardín. Todo había desaparecido, así lo que amenazaba como lo que inspiraba confianza. El viento rozaba en lo alto de la tapia algunas hierbas secas que producían un ruido suave y lúgubre.