Los Miserables - Parte 4
Los Miserables - Parte 4 Marius se detuvo a la puerta como esperando que le dijeran que entrase. Su traje, casi miserable, apenas se veía en la semipenumbra que producía la lámpara. Sólo se distinguía su rostro tranquilo y grave, pero extrañamente triste. El señor Gillenormand, sobrecogido de estupor y de alegría, permaneció algunos momentos sin ver más que una claridad, como cuando se está delante de una aparición. Estaba próximo a desfallecer; era él; era Marius.
¡Al fin, después de cuatro años! Quiso abrir los brazos; se oprimió su corazón de alegría; mil palabras de cariño le ahogaban y se desbordaban dentro de su pecho. Toda esta ternura se abrió paso y llegó a sus labios, y por el contraste que constituía su naturaleza, salió de ellas la dureza, y dijo bruscamente:
- ¿Qué venís a hacer aquí?
- Señor… -empezó a decir Marius, turbado.
El señor Gillenormand hubiera querido que Marius se arrojara en sus brazos, y quedó descontento de Marius y de sí mismo. Reconoció que él había sido brusco y Marius frío; y era para él una insoportable e irritante ansiedad sentirse tan tierno y tan conmovido en su interior, y ser tan duro exteriormente. Volvió a su amargura, e interrumpió a Marius con aspereza:
- Pero entonces, ¿a qué venís?