Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs La banda de argoteros aplaudió las palabras de Clopin y se colocó en cÃrculo alrededor de la horca, riendo tan despiadadamente que Gringoire comprendió que les divertÃa demasiado para no temer lo peor de ellos. No le quedaba, pues, ninguna esperanza, excepto la remota posibilidad de realizar con éxito la terrible operación que le era impuesta. Decidió jugarse el todo por el todo, aunque no sin antes haber dirigido una ferviente plegaria al muñeco que iba a desvalijar y al que habrÃa sido más fácil enternecer que a los truhanes. Aquella mirÃada de campanillas con sus lengüecitas de cobre se le antojaban bocas abiertas de vÃboras, prestas a morder y a silbar.
—¡Oh! —decÃa en voz muy baja—. ¿Será posible que mi vida dependa de la más mÃnima vibración del más pequeño de esos cascabeles? ¡Oh! —añadÃa, juntando las manos—: ¡Campanillas, no sonéis, no tintineéis! ¡Cascabeles, no cascabeleéis!
Hizo aún otro intento con Trouillefou.
—¿Y si sopla de repente una ráfaga de aire? —le preguntó.
—Serás ahorcado —respondió el otro sin vacilar.