Nuestra Señora de París

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A vista de pájaro, estos tres burgos —la Cité, la Universidad y la Villa— aparecían cada uno como un tejido inextricable de calles extrañamente enmarañadas. Sin embargo, desde el primer momento se distinguía que esos tres fragmentos urbanos formaban un solo cuerpo. Se veían enseguida dos largas calles paralelas sin interrupciones, sin obstáculos, casi en línea recta, que atravesaban a la vez las tres ciudades de un extremo a otro, de sur a norte, perpendicularmente al Sena, las unían, las mezclaban, inyectaban, vertían, transvasaban sin cesar la población de una en los muros de otra, y de las tres no hacían sino una sola. La primera de estas dos calles iba desde la puerta de Saint-Jacques hasta la puerta de Saint-Martin; se llamaba calle Saint-Jacques en la Universidad, calle Juiverie en la Cité y calle Saint-Martin en la Villa; cruzaba el agua dos veces con el nombre de Petit-Pont y puente de Notre-Dame. La segunda, que se llamaba calle Harpe en la orilla izquierda, calle Barillerie en la isla, calle Saint-Denis en la orilla derecha, puente de Saint-Michel en uno de los brazos del Sena y Pont-au-Change en el otro, iba desde la puerta de Saint-Michel, en la Universidad, hasta la puerta de Saint-Denis, en la Villa. Por lo demás, pese a tener tantos nombres distintos, no dejaban de ser dos calles, pero eran las dos calles madres, las dos calles generadoras, las dos arterias de París. Todas las demás venas de la triple ciudad, bien bebían de ellas, bien desaguaban en ellas.


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