Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —En esa casa todo está multiplicado por cuatro —dijo un tercero—. Las cuatro naciones, las cuatro facultades, las cuatro fiestas, los cuatro procuradores, los cuatro electores, los cuatro libreros…
—Pues entonces —intervino de nuevo Jehan Frollo— hay que abroncarlo a cuatro voces.
—Musnier, te quemaremos los libros.
—Musnier, apalearemos a tus lacayos.
—Musnier, incordiaremos a tu mujer.
—La oronda doña Oudarde.
—Que es tan fresca y alegre como si fuera viuda.
—¡Que el diablo se os lleve! —masculló maese Andry Musnier.
—¡Maese Andry —dijo Jehan, todavÃa colgado del capitel—, cállate o me dejo caer encima de tu cabeza!
Maese Andry levantó los ojos, pareció calcular durante un instante la altura del pilar y el peso del bribón, multiplicó mentalmente ese peso por el cuadrado de la velocidad, y se calló.
Jehan, dueño y señor del campo de batalla, añadió en tono triunfal:
—¡Lo harÃa sin dudarlo, aunque sea hermano de un arcediano!