Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Así fue como poco a poco, desarrollándose siempre en el sentido de la catedral, viviendo y durmiendo dentro de su recinto sin salir casi nunca, soportando constantemente su presión misteriosa, llegó a parecerse a ella, a incrustarse en ella, por así decirlo, a formar parte integrante de ella. Sus ángulos salientes encajaban —discúlpesenos esta figura— en los ángulos entrantes del edificio, y parecía no solo su habitante sino su contenido natural. Casi podría decirse que había tomado su forma, al igual que el caracol toma la forma de su concha. Era su morada, su agujero, su envoltura. Había entre la vieja iglesia y él una simpatía instintiva tan profunda, tantas afinidades magnéticas, tantas afinidades materiales, que en cierto modo estaba adherido a ella como la tortuga a su concha. La rugosa catedral era su caparazón.