Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Huelga advertir al lector que no se tome al pie de la letra las figuras que nos vemos obligados a emplear para expresar ese acoplamiento singular, simétrico, inmediato, casi consustancial, de un hombre y un edificio. Huelga decir asimismo hasta qué punto se había familiarizado Quasimodo con la catedral como consecuencia de esta convivencia tan prolongada e íntima. Aquella morada le era propia. No tenía profundidad en la que Quasimodo no hubiera penetrado, ni altura que no hubiera escalado. En numerosas ocasiones subía por varios niveles de la fachada agarrándose tan solo a los salientes de las esculturas. Las torres, por cuya superficie exterior a menudo se le veía reptar como un lagarto que se desliza por una pared vertical, esas dos gigantes gemelas, tan altas, tan amenazadoras, tan temibles, no eran causa para él ni de vértigo, ni de terror, ni de sobresaltos; viéndolas tan accesibles bajo sus manos, tan fáciles de escalar, se hubiera dicho que las había amaestrado. A fuerza de saltar, de trepar, de recrearse en medio de los abismos de la gigantesca catedral, se había vuelto en cierta forma mono y gamuza, como los niños calabreses que aprenden a nadar antes que a andar y juegan desde muy pequeños con el mar.