Nuestra Señora de París

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—Estaba, pues, muy triste, en la más absoluta miseria, y sus mejillas se hundían a causa de las lágrimas. Pero en medio de su vergüenza, de su locura y de su abandono, le parecía que estaría menos avergonzada, menos loca y menos abandonada si tuviera algo en el mundo o alguien a quien pudiera querer y que pudiera quererla. Era preciso que fuese un niño, porque solo un niño podía ser bastante inocente para eso… Había reconocido este hecho después de haber intentado amar a un ladrón, el único hombre que habría podido interesarse por ella; pero al poco se había dado cuenta de que el ladrón la despreciaba… Estas mujeres de placer necesitan un amante o un hijo que les llene el corazón. De lo contrario, son muy desgraciadas. Como no podía tener un amante, se volcó por entero en el deseo de un hijo, y, como no había dejado de ser piadosa, hizo de ello su eterna plegaria a Dios. Dios se apiadó de ella y le dio una niña. No puedo describiros su alegría. Fue una catarata de lágrimas, de caricias y de besos. Amamantó ella misma a su hija, le hizo pañales con su manta, la única que tenía en la cama, y no volvió a sentir ni frío ni hambre. Recobró la belleza: una solterona puede ser una joven madre. La actividad galante se reanudó, volvieron a ir a ver a la Chantefleurie, ella encontró de nuevo clientes para su mercancía, y de todos esos horrores hizo ropitas, capillos y baberos, camisitas de encaje y gorritos de satén, sin siquiera pensar en comprarse otra manta… ¡Señorito Eustache, ya os he dicho que no os comáis la torta…! Seguro que la pequeña Agnès…, ese era el nombre de la niña, el nombre de pila, porque apellido, hacía mucho tiempo que la Chantefleurie no tenía…, seguro que esa pequeña iba más envuelta en cintas y bordados que una delfina del delfinado. ¡Tenía, entre otros, un par de zapatitos que no podían compararse con los que jamás hubiera tenido el rey Luis XI! Su madre se los había confeccionado y bordado con sus propias manos, había puesto en ello todas sus habilidades de pasamanera y toda la ornamentación de un manto para una Virgen. Eran los zapatos rosas más graciosos que pudieran verse. No eran más largos que mi pulgar, y había que ver salir de allí los piececitos de la niña para creer que habían podido entrar. ¡Claro que aquellos piececitos eran tan pequeños, tan bonitos, tan rosados! ¡Más rosados que el satén de los zapatos…! Cuando tengáis hijos, Oudarde, veréis que no hay nada más bonito que sus piececitos y sus manitas.


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