Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —No deseo otra cosa —dijo Oudarde, suspirando—, y espero que sea esa la voluntad del señor Andry Musnier.
—Por lo demás —prosiguió Mahiette—, la hija de Paquette no solo tenÃa bonitos los pies. Yo la vi cuando solo tenÃa cuatro meses. ¡Era adorable! TenÃa los ojos más grandes que la boca y el más delicado y fino cabello negro, que ya empezaba a rizarse. ¡HabrÃa sido una morena guapÃsima a los dieciséis años! Su madre estaba cada dÃa más loca por ella. La acariciaba, la besaba, le hacÃa cosquillas, la lavaba, la acicalaba, ¡se la comÃa! Le hacÃa perder la cabeza y ella le daba gracias a Dios. Sus lindos pies rosados, sobre todo, la dejaban boquiabierta; era un delirio de alegrÃa lo que le producÃan. Siempre tenÃa los labios pegados a ellos y no daba crédito a su pequeñez. Los metÃa en los zapatitos, los sacaba, los admiraba, se maravillaba de ellos, los ponÃa al trasluz, le daba pena hacerla andar sobre la cama, y de buena gana se habrÃa pasado la vida de rodillas, calzando y descalzando aquellos pies como si fueran los de un niño Jesús.
—El cuento es precioso —dijo Gervaise a media voz—, pero ¿qué tiene que ver Egipto con todo esto?