Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

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—Ahora lo veréis —respondió Mahiette—. Llegaron un día a Reims unos caballeros muy singulares. Eran pordioseros y truhanes que recorrían el país guiados por su duque y sus condes. Tenían la piel tostada y el pelo muy rizado, y llevaban aros de plata en las orejas. Las mujeres eran todavía más feas que los hombres. Su tez era más oscura, llevaban la cabeza siempre descubierta, un miserable blusón sobre el cuerpo, una vieja manta tejida con cuerdas atada a los hombros y el pelo recogido en una cola de caballo. Los niños que se restregaban contra sus piernas habrían asustado a los monos. Una banda de excomulgados. Todo aquello venía en línea recta del bajo Egipto a Reims pasando por Polonia. El papa los había confesado, por lo que se decía, y les había puesto de penitencia correr mundo siete años seguidos sin dormir en una cama. Por eso los llamaban penitenciarios y apestaban. Parece ser que en otros tiempos habían sido sarracenos, por lo que creían en Júpiter y reclamaban diez libras tornesas de todos los arzobispos, obispos y abades portadores de báculo y mitra. Una bula del papa les otorgaba ese derecho. Venían a Reims a decir la buenaventura en nombre del rey de Argel y del emperador de Alemania. Como supondréis, no hizo falta más para que se les prohibiera entrar en la ciudad. Así pues, toda la banda acampó tranquilamente cerca de la puerta de Braine, en esa loma donde hay un molino, al lado de las antiguas galerías excavadas para extraer creta. Y en Reims todos se peleaban por ir a verlos. Ellos te miraban la mano y hacían profecías maravillosas. Eran capaces de predecirle a Judas que sería papa. Corrían sobre ellos, no obstante, siniestros rumores acerca de niños robados, bolsas cortadas e ingestión de carne humana. Las personas juiciosas decían a las imprudentes: «No vayáis», pero luego ellas mismas iban a escondidas. Era una auténtica locura. Lo cierto es que decían cosas capaces de asombrar a un cardenal. Las madres alardeaban de sus hijos desde que las egipcias les habían leído en la mano toda suerte de milagros escritos en pagano y en turco. Una tenía un emperador, otra un papa, otra un capitán. La pobre Chantefleurie se sintió picada por la curiosidad. Quiso saber qué tenía ella y si su pequeña Agnès sería un día emperatriz de Armenia o de otro sitio. La llevó, pues, a los egipcios; y las egipcias venga a admirar a la niña, a acariciarla y a besarla con sus bocas negras y a maravillarse de sus manitas, todo lo cual era motivo de gran alegría para la madre. Elogiaron sobre todo sus pies y sus bonitos zapatos. La niña aún no tenía un año. Ya balbucía, reía con su madre, estaba gordita y redondeada, y hacía unos gestos encantadores de ángel del paraíso. Se asustó mucho al ver a las egipcias y se echó a llorar. Pero su madre la abrazó más fuerte y se fue encantada de la buenaventura que las adivinadoras le habían dicho a su Agnès. Iba a ser una belleza, la virtud personificada, una reina. Volvió, pues, a su tabuco de la calle Folle-Peine orgullosísima de llevar a una reina. Al día siguiente, aprovechó un momento en que la niña dormía en su cama, pues la acostaba siempre con ella, dejó la puerta entornada y fue corriendo a contarle a una vecina de la calle Séchesserie que llegaría un día en que su hija Agnès sería servida en la mesa por el rey de Inglaterra y el archiduque de Etiopía, y cientos de sorpresas más. A su regreso, en vista de que no oía lloros mientras subía la escalera, se dijo: «Aún no se ha despertado. ¡Mejor así!». Encontró la puerta mucho más abierta de lo que la había dejado; aun así, la pobre madre entró y se acercó a la cama… La niña ya no estaba allí, la cama estaba vacía. No quedaba nada de la niña, salvo uno de sus zapatitos. Salió en tromba de la habitación, se precipitó escaleras abajo y empezó a darse de cabezazos contra las paredes gritando: «¡Mi hija! ¿Quién tiene a mi hija? ¿Quién me ha quitado a mi hija?». La calle estaba desierta, la casa, aislada; nadie pudo decirle nada. Fue por la ciudad, registró todas las calles, corrió de un lado a otro durante todo el día, loca, trastornada, terrible, olfateando puertas y ventanas como un animal salvaje que ha perdido sus crías. Jadeaba, iba despeinada, asustaba verla, y tenía en los ojos un fuego que le secaba las lágrimas. Detenía a los transeúntes y les decía gritando: «¡Mi hija! ¡Mi hija! ¡Mi preciosa niñita! Seré la esclava de quien me la devuelva, la esclava de su perro, y, si quiere, me devorará el corazón». Se encontró al cura de Saint-Remy y le dijo: «¡Señor cura, labraré la tierra con mis uñas, pero devolvedme a mi hija…!». Era desgarrador, Oudarde. Vi a un hombre muy duro, maese Ponce Lacabre, el procurador, llorando… ¡Ay, pobre madre…! Por la noche, volvió a su casa. Durante su ausencia, una vecina había visto a dos egipcias subir a escondidas con un bulto entre los brazos, bajar después de haber cerrado la puerta y salir huyendo a toda prisa. Desde entonces se oía en casa de Paquette como gritos de niño. La madre rompió a reír, subió la escalera como si tuviera alas, derribó la puerta como si hubiera disparado con un cañón y entró… ¡Fue terrible, Oudarde! En lugar de su graciosa Agnès, tan coloradita y fresca que era un regalo de Dios, una especie de pequeño monstruo, repulsivo, cojo, tuerto y contrahecho, gateaba por el suelo chillando. Ella se tapó los ojos con horror. «¡Oh!», dijo. «¿Acaso las brujas han convertido a mi hija en este animal espantoso?» Se apresuraron a llevarse al pequeño patizambo; seguir viéndolo la habría vuelto loca. Era el monstruoso hijo de alguna egipcia que se había entregado al diablo. Parecía tener unos cuatro años y hablaba una lengua que no era ni de lejos una lengua humana; pronunciaba unas palabras imposibles… La Chantefleurie se había abalanzado sobre el zapatito, lo único que le quedaba de lo único que había amado. Se quedó tanto tiempo inmóvil, muda, casi sin respirar, que creyeron que había muerto. De repente, un temblor le recorrió todo el cuerpo, cubrió su reliquia de besos furiosos y se deshizo en lágrimas como si su corazón acabara de reventar. Os aseguro que todas llorábamos. Ella decía: «¡Mi niñita, mi preciosa niñita! ¿Dónde estás…?»Y sus gritos te desgarraban las entrañas. Todavía me echo a llorar cuando pienso en ello. Los hijos, ya lo veis, son la médula de nuestros huesos… ¡Mi pobre Eustache! ¡Eres tan guapo tú también! ¡Si supierais lo bueno que es! Ayer me decía: «Yo quiero ser gendarme». ¡Ay, Eustache! Si te perdiera… La Chantefleurie se levantó de pronto y echó a correr por Reims gritando: «¡Al campamento de los egipcios! ¡Al campamento de los egipcios! ¡Alguaciles para quemar a las brujas…!» Los egipcios se habían marchado. Era noche cerrada y no pudieron perseguirlos. Al día siguiente, a dos leguas de Reims, en un brezal entre Gueux y Tilloy encontraron restos de una gran fogata, algunas cintas que habían pertenecido a la hija de Paquette, gotas de sangre y cagarrutas de macho cabrío. La noche que acababa de pasar era precisamente la de un sábado. Ya nadie puso en duda que los egipcios habían celebrado el aquelarre en aquel brezal y que habían devorado a la niña en compañía de Belcebú, como se hace entre los mahometanos. Cuando la Chantefleurie se enteró de aquellas cosas horribles, no lloró, hizo ademán de ir a hablar, pero no pudo. Al día siguiente tenía todo el pelo gris. Al otro, había desaparecido.


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