Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —Es una historia espantosa, en efecto —dijo Oudarde—. ¡HarÃa llorar a un borgoñón!
—¡Ahora comprendo por qué tenéis tanto miedo de los egipcios! —añadió Gervaise.
—Y habéis hecho muy bien en alejaros hace un momento con vuestro Eustache —continuó Oudarde—, porque estos son también egipcios de Polonia.
—¡Qué va! —dijo Gervaise—. Dicen que vienen de España y de Cataluña.
—¿De Cataluña? Es posible —contestó Oudarde—. Polonia, Cataluña, Valonia:[85] siempre confundo esas tres provincias. Lo que es seguro es que son egipcios.
—Y que tienen los dientes suficientemente largos para comer niños —añadió Gervaise—. Y no me extrañarÃa que Esmeralda diera también algún que otro bocado haciendo remilgos. Su cabra blanca hace cosas demasiado maliciosas para que no haya cierto libertinaje detrás de ellas.
Mahiette caminaba en silencio. Estaba absorta en esa ensoñación que en cierto modo prolonga un relato doloroso y de la que no se sale hasta que la conmoción se ha propagado, de vibración en vibración, hasta las últimas fibras del corazón. Asà y todo, Gervaise le preguntó:
—¿Y no se ha podido saber qué ha sido de la Chantefleurie?