Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París De repente, dejando caer la mirada entre las anchas escamas pizarrosas que recubren a cierta altura la pared vertical del campanario, vio en la plaza a una muchacha extrañamente ataviada, que se detenía y extendía en el suelo una alfombra sobre la que se colocaba una cabrita, y a un grupo de espectadores que formaba un corro alrededor. Esa visión cambió súbitamente el curso de sus ideas y petrificó su entusiasmo musical como un soplo de aire petrifica una resina en fusión. Se detuvo, volvió la espalda al carillón y se agachó detrás del colgadizo de pizarra, clavando en la bailarina esa mirada soñadora, tierna y dulce que ya había sorprendido en una ocasión el arcediano. Mientras tanto, las campanas, olvidadas, callaron bruscamente todas a la vez, para gran decepción de los amantes de su música, que la escuchaban de buena fe desde el Pont-au-Change y se fueron chasqueados como un perro al que le han enseñado un hueso y le dan una piedra.