Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París No es que Pierre Gringoire temiese al cardenal o lo despreciara. No tenía ni la cobardía ni la audacia que ello habría requerido. Gringoire, verdadero ecléctico, como se diría hoy, era uno de esos espíritus elevados y firmes, moderados y serenos, que saben mantenerse siempre en el término medio, stare in dimidio rerum, y que están cargados de razón y de liberal filosofía sin restar importancia a los cardenales. Valiosa y jamás extinguida especie de filósofos a los que la prudencia, cual una nueva Ariadna, parece haber dado un ovillo de hilo que ellos van devanando desde los orígenes del mundo a través del laberinto de las cosas humanas. Los hay en todas las épocas, siempre iguales, es decir, siempre en consonancia con cada época. Y sin contar a nuestro Pierre Gringoire, que los representaría en el siglo XV si lográramos revestirlo de la ilustración que merece, es ciertamente su espíritu el que animaba al padre Du Breul cuando escribía en el siglo XVI estas palabras, sublimes en su candor y dignas de todos los siglos: «Soy parisiense de nación y parrhesiano de habla, puesto que parrhesiasignifica en griego libertad de hablar, de la cual he hecho uso incluso con los cardenales, tío y hermano de monseñor el príncipe de Conty, siempre con respeto hacia su grandeza y sin ofender a nadie de su séquito, que es mucho».