Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París No había, pues, ni odio al cardenal ni desdén hacia su presencia en la impresión desagradable que esta le causó a Pierre Gringoire. Muy al contrario, nuestro poeta tenía demasiado sentido común y una ropilla demasiado raída para no conceder un valor especial al hecho de que las numerosas alusiones de su prólogo, y en particular la glorificación del delfín hijo del león de Francia, penetraran en unos eminentísimos oídos. Mas no es el interés lo que prima en la noble naturaleza de los poetas. Suponiendo que la entidad del poeta esté representada por el número diez, es indudable que un químico, analizándola y farmacopolizándola, como dice Rabelais, vería que se halla compuesta de una parte de interés y nueve partes de amor propio. Ahora bien, en el momento en que la puerta se había abierto para dejar paso al cardenal, las nueve partes de amor propio de Gringoire, infladas y dilatadas por el soplo de la admiración popular, se hallaban en un estado de crecimiento prodigioso, bajo el cual desaparecía como ahogada esa imperceptible molécula de interés que distinguíamos hace un instante en la constitución de los poetas; ingrediente precioso, por lo demás, lastre de realismo y de humanidad sin el cual no podrían tener los pies en la tierra. Gringoire disfrutaba sintiendo, viendo, palpando, por decirlo así, una asamblea entera —de tunantes, es cierto, ¡pero qué importaba eso!—, estupefacta, petrificada y como asfixiada ante las inconmensurables parrafadas que surgían sin cesar de todas las partes de su epitalamio. Él mismo, puedo asegurarlo, compartía la aprobación general y, contrariamente a La Fontaine, quien, en la representación de su comedia El florentino, preguntaba: «¿Quién es el patán que ha compuesto esta rapsodia?», Gringoire habría preguntado gustosamente a su vecino: «¿De quién es esta obra maestra?». Ahora puede juzgar el lector el efecto que produjo en él la brusca e intempestiva aparición del cardenal.