Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Lo que podÃa temer que ocurriera, ocurrió con creces. La entrada de su eminencia alborotó al auditorio. Todas las cabezas se volvieron hacia el estrado y a partir de ese momento no hubo manera de entenderse:
—¡El cardenal! ¡El cardenal! —repetÃan todas las bocas, lo que hizo que el malhadado prólogo quedara interrumpido por segunda vez.
El cardenal se detuvo un momento al borde del estrado. Mientras recorrÃa el público con una mirada bastante indiferente, el tumulto iba en aumento. Todos querÃan verlo mejor. HabÃa una verdadera lucha para ver quién conseguirÃa meter la cabeza entre los hombros de los de delante.