Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Ese nombre no! —dijo el sacerdote, asiéndola del brazo con violencia—. ¡No pronuncies ese nombre! ¡Oh, pobres de nosotros, ese nombre ha sido nuestra perdición! O, más bien, el juego inexplicable de la fatalidad ha hecho que unos hayamos sido la perdición de otros… Sufres, ¿verdad? Tienes frÃo, la oscuridad te convierte en una ciega, el calabozo te envuelve, pero quizá te quede alguna luz en el fondo de tu ser, aunque solo sea tu amor de niña por este hombre vacÃo que jugaba con tu corazón. Mientras que yo llevo el calabozo dentro de mÃ, dentro de mà está el invierno, el hielo, la desesperación, la noche reina en mi alma.