Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París »¿Sabes todo lo que he sufrido? He asistido a tu proceso. Estaba sentado en el banco del provisor. Sí, bajo una de las capuchas de sacerdote se retorcía un condenado. Cuando te llevaron, yo estaba allí; cuando te interrogaron, yo estaba también allí… ¡Guarida de lobos…! Era mi crimen, era mi patíbulo lo que veía alzarse lentamente sobre tu frente. En cada testigo, en cada prueba, en cada alegato, yo estaba allí; pude contar cada uno de tus pasos por la vía dolorosa; seguía allí cuando esa bestia feroz… ¡Oh, no había previsto la tortura…! Escucha. Te acompañé en la cámara de dolor. Vi cómo te desvestían y te manipulaban medio desnuda las manos infames del torturador. Vi tu pie, ese pie en el que habría querido, y habría dado un imperio por conseguirlo, depositar un solo beso y morir, ese pie bajo el que sentiría con infinito placer aplastarse mi cabeza, lo vi encerrar en el horrible borceguí que convierte los miembros de un ser vivo en un amasijo ensangrentado. ¡Ah, miserable! Mientras veía eso, tenía bajo el sudario un puñal con el que me laceraba el pecho. Cuando proferiste un grito, lo clavé en mi carne; al segundo grito, entró en mi corazón. Mira, creo que todavía sangra.
Abrió la sotana. Su pecho, en efecto, estaba desgarrado como por la zarpa de un tigre, y tenía en un costado una herida bastante grande sin cicatrizar.
La prisionera retrocedió horrorizada.