Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Coppenole saludó orgullosamente a su eminencia, quien devolvió el saludo al todopoderoso burgués temido por Luis XI. Luego, mientras Guillaume Rym, «hombre prudente y malicioso», como dice Philippe de Comines, los seguía a los dos con una burlona sonrisa de superioridad, se dirigieron cada uno a su sitio, el cardenal muy desconcertado e inquieto, Coppenole tranquilo y altanero, y sin duda pensando que, después de todo, su título de calcetero valía tanto como el que más, y que María de Borgoña, madre de esta Margarita a la que Coppenole casaba aquel día, le habría temido menos como cardenal que como calcetero. Pues un cardenal no habría amotinado a los ganteses contra los favoritos de la hija de Carlos el Temerario; un cardenal no habría alentado con una palabra a la muchedumbre contra sus lágrimas y sus ruegos, cuando la doncella de Flandes fue a suplicar a su pueblo por ellos hasta el pie del cadalso; mientras que el calcetero no había tenido más que levantar el brazo, enfundado en piel, para hacer rodar vuestras dos cabezas, ilustrísimos señores Guy d’Hymbercourt y canciller Guillaume Hugonet.
Mas no habían terminado los sinsabores para el pobre cardenal; tenía que beber hasta las heces el cáliz de estar en tan mala compañía.