Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Posiblemente el lector no haya olvidado al desvergonzado mendigo que se había agarrado desde el comienzo del prólogo a los flecos del estrado cardenalicio. La llegada de los ilustres invitados no le había hecho en modo alguno soltarlos, y mientras prelados y embajadores se apretujaban en los asientos de la tribuna como auténticas sardinas flamencas en banasta, él se había acomodado y había cruzado audazmente las piernas sobre el arquitrabe. Era una demostración de insolencia infrecuente, y nadie había reparado en ella en un primer momento por estar centrada la atención en otras cosas. En lo que a él respecta, permanecía ajeno a lo que ocurría en la sala; balanceaba la cabeza con una despreocupación de napolitano, repitiendo de cuando en cuando entre el murmullo, como movido por una costumbre maquinal: «¡Una caridad, por lo que más queráis!». Con toda probabilidad, había sido el único de entre los asistentes que no se había dignado volver la cabeza al producirse el altercado entre Coppenole y el ujier. Pues bien, quiso el azar que el maestro calcetero de Gante, con quien el pueblo simpatizaba ya tan vivamente y en quien todas las miradas estaban clavadas, fuera a sentarse precisamente en la primera fila del estrado, justo encima del mendigo; y todo el mundo se quedó no poco asombrado al ver que el embajador flamenco, tras haber examinado al estrafalario personaje situado bajo sus ojos, ponía amistosamente una mano sobre su hombro cubierto de harapos. El mendigo se volvió; hubo sorpresa, reconocimiento, alegría en los dos rostros, etcétera; luego, sin preocuparse lo más mínimo de los espectadores, el calcetero y el maltrecho se pusieron a hablar en voz baja asiéndose las manos, mientras los andrajos de Clopin Trouillefou, extendidos sobre el paño dorado del estrado, producían todo el efecto de un gusano reptando sobre una naranja.