Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

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La novedad de esta singular escena provocó tal murmullo de entusiasmo y de jovialidad en la sala que el cardenal no tardó mucho en advertirlo. Se asomó un poco y, no pudiendo ver, desde donde estaba, sino de un modo muy imperfecto la casaca ignominiosa de Trouillefou, se imaginó, como es natural, que el mendigo estaba pidiendo limosna e, indignado por la audacia, exclamó:

—¡Señor baile del palacio, arrojad a ese bribón al río!

—¡Voto a Dios, monseñor! —dijo Coppenole, sin soltar la mano de Clopin—. ¡Pero si es amigo mío!

—¡Bravo! ¡Bravo! —gritó la turba.

A partir de ese momento, maese Coppenole gozó en París, como en Gante, «de gran crédito entre el pueblo, pues personas de semejante talla lo tienen cuando actúan con tal descomedimiento», dice Philippe de Comines.

El cardenal se mordió los labios. Se volvió hacia su vecino, el abad de Santa Genoveva, y le dijo a media voz:

—¡Menudos embajadores nos envía el señor archiduque para anunciarnos a la princesa Margarita!

—Vuestra eminencia —le respondió el abad— malgasta sus atenciones con estos gorrinos flamencos. Margaritas ante porcos.[18]

—Más bien habría que decir —repuso el cardenal con una sonrisa— porcos ante Margaritam.


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