Nuestra Señora de París

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Que el lector imagine, en la cima de una colina de yeso, un gran paralelepípedo de mampostería, de quince pies de alto, treinta de ancho y cuarenta de largo, con una puerta, una rampa exterior y una plataforma; sobre esa plataforma, dieciséis enormes pilares de piedra sin labrar, de treinta pies de altura, dispuestos en hilera alrededor de tres de los cuatro lados del macizo que los sostiene, unidos entre sí por la parte superior mediante fuertes vigas de las que cuelgan cadenas a intervalos regulares; de todas estas cadenas cuelgan esqueletos; en las inmediaciones, en la llanura, una cruz de piedra y dos horcas menores que parecen crecer como esquejes alrededor de la horca central; por encima de todo esto, en el cielo, un vuelo perpetuo de cuervos. Eso es Montfaucon.

A finales del siglo XV, el formidable patíbulo, que databa de 1328, estaba ya muy decrépito. Las vigas estaban carcomidas, las cadenas oxidadas, los pilares cubiertos de moho. Las hiladas de piedras talladas estaban totalmente agrietadas en las junturas, y la hierba crecía sobre esa plataforma que ningún pie pisaba. Aquel monumento dibujaba un horrible perfil sobre el cielo; sobre todo por la noche, cuando la luna iluminaba un poco aquellos cráneos blancos, o cuando la brisa vespertina empujaba cadenas y esqueletos y los mecía en la oscuridad. La sola presencia de ese patíbulo bastaba para convertir todos los alrededores en lugares siniestros.


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