El hombre mediocre

El hombre mediocre

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El mediocre es solemne. En la pompa grandílocua de las exterioridades busca un disfraz para su íntima oquedad; acompaña con fofa retórica los mínimos actos y pronuncia palabras insubstanciales, como si la Humanidad entera quisiese oírlas. Las mediocracias exigen de sus actores cierta seriedad convencional, que da importancia en la fantasmagoría colectiva. Los exitistas lo saben; se adaptan a ser esas vacuas «personalidades de respeto», certeramente acribilladas por Stirner y expuestas por Nietzsche a la burla de todas las posteridades. Nada hacen por dignificar su yo verdadero, afanándose tan sólo por inflar su fantasma social. Esclavos de la sombra que sus apariencias han proyectado en la opinión de los demás, acaban por preferirla a sí mismos.

Ese culto de la sombra oblígalos a vivir en continua alarma; suponen que basta un momento de distracción para comprometer la obra pacientemente elaborada en muchos años. Detestan la risa, temerosos de que el gas pueda escaparse por la comisura de los labios y el globo se desinfle. Destituirían a un funcionario del Estado si le sorprendieran leyendo a Boccaccio, Quevedo o Rabelais; creen que el buen humor compromete la respetuosidad y estimula el hábito anarquista de reír.



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