El hombre mediocre

El hombre mediocre

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La virtud suele ser un gesto audaz, como todo lo original; la honestidad es un uniforme que se endosa resignadamente. El mediocre teme a la opinión pública con la misma obsecuencia con que el zascandil teme al infierno; nunca tiene la osadía de ponerse en contra de ella, y menos cuando la apariencia del vicio es un peligro ínsito en toda virtud no comprendida. Renuncia a ella por los sacrificios que implica.

Olvida que no hay perfección sin esfuerzo: sólo pueden mirar al sol de frente los que osan clavar su pupila sin temer la ceguera. Los corazones menguados no cosechan rosas en su huerto, por temor a las espinas; los virtuosos saben que es necesario exponerse a ellas para recoger las flores mejor perfumadas.

El honesto es enemigo del santo, como el rutinario lo es del genio; a éste le llama «loco» y al otro lo juzga «amoral». Y se explica: los mide con su propia medida, en que ellos no caben. En su diccionario, «cordura» y «moral» son los nombres que él reserva a sus propias cualidades. Para su moral de sombras, el hipócrita es honesto; el virtuoso y el santo, que la exceden, parécenle «amorales», y con esta calificación les endosa veladamente cierta inmoralidad…


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